El dolor de vivir

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La vida duele, a unos más que a otros, pero todos bailamos a la vez.

Trabajamos y bailamos, pero no todos ganamos lo mismo, ni a todos nos duelen igual los pies.

Ahora estamos aquí, ahora ya no estamos. Y podemos bailar para resistir ese tiempo que va de ahora en ahora.

Comienzo, final, aliento, arroyo, grito, pan, saludo, amigo, agua, fe, amiga camino y sentido de la vida, del dolor, del vivir.

Claro que somos afortunados al tener algo bajo nuestros pies sobre lo que poder bailar, mientras meditamos y bailamos y encontramos un lugar.

Mientras reflexionamos sobre nuestro sentido, deja que te haga una pregunta:

¿Donde está este aquí?

Pobreza, sumisión, castigo, el frio, el calor. Andamos y todo forma la oscuridad.

Dolor, dolor, dolor.

Menos mal que siempre hay una música para poder bailar y mientras tanto deja que te haga una pregunta:

¿Sabes tú tocar? ¿Sabes tú vivir? ¿sabes aguantar el dolor de la vida?

Pon un poco de brillo en los bordes de la copa de vino.

¿No comprendes que el baile es nuestra vida?

Bailar con zapatos de miga de pan, que devoraremos cuando no nos quede otra cosa.

Porque comer es tan importante como bailar.

 

¿Cuánta vergüenza tiene un hombre?

Viejos, calvos, con barriga, cara de mala leche, sonrisa hipócrita y ojos astutos, lo único que llevan bien puesto es la corbata, lo único que tienen claro es la avaricia. Insensibles, insolidarios, con manos de viejo verde, lo único que se vislumbra de su cerebro, de sus pensamientos, a través de hechos y palabras, es su dinero. Cuando los veo o los oigo, desgraciadamente a diario, vía medios de comunicación, viene a mi memoria un relato de León Tolstoi. Escrito en 1886 es una modernísima parábola sobre la ambición del ser humano. Pajom es un campesino, ahora seria banquero, especulador, empresario etc…, al que ninguna extensión de tierra satisface, porque aunque  acumulan grandes riquezas, no siempre obtenidas con decoro, nunca es bastante ni estén satisfechos. Pajom cuanta más tierra tiene más necesita porque aspira a ser inmensamente rico. Al conocer que los habitantes de una lejana región ofrecen gratuitamente la tierra que uno desee tomar, abandona su lugar de origen en busca de una mayor fortuna o lo que es igual, acciones, obligaciones, bonos, bolsa, pagares….

 

El jefe del país en cuestión le ofrece la gran oportunidad: puede coger cuanta tierra desee, toda la que abarque caminando a lo largo de un día. Pero hay una condición que cumplir: tendrá que estar de vuelta antes de que caiga el sol en el lugar de donde partió, donde le estarán esperando. Y él acepta convencido de que triunfará como de acostumbre. Con él lleva a un pobre trabajador, al que es fácil imaginar pasivo y confiado, que le sigue con fidelidad, le ayuda todo lo que puede, cuenta sabiamente las horas que van pasando y, en su momento, le exhorta para que sea prudente y tome el camino de regreso. Pero nuestro hombre se limita a dar ordenes  y ni le  escucha, él quiere más y más y más y se  aleja  del camino para llegar a un rio por donde aspira que naveguen sus embarcaciones y luego se dirige a una gran hondonada ideal para plantar algodón y más tarde corre hacía una pradera idónea para que se alimenten sus reses. De esta forma la codicia le empuja a desviarse hasta que la noción de la realidad desaparece de su mente y continúa sin aliento. Creyendo que cumple con su deber solo satisface su ambición e inútilmente, además, porque cuando llega a la meta, rendido y agotado cae al suelo, muerto. “El trabajador cogió el azadón, cabo una tumba lo suficientemente grande para alojar a su amo y lo enterró. Tres medidas de tierra de la cabeza a los pies le bastaron” .

 

Así acaba el relato que se titula “¿Cuánta tierra necesita un hombre?”. Ojalá tuviera yo el talento de  Tolstoi para saber con la misma precisión las medidas de vergüenza que necesita hoy un hombre para ser decente.

 

EL DOLOR DE QUERER

¿El genio humano se ha levantado felizmente?.

¿Vemos  florecer en nuestros días el gusto propio de lo bello y de lo noble?

Porque los hombres son criaturas que merecen respeto,

y por ello son abominables todas la cadenas.

 

¿Hubo una vez un reino feliz? ¿Cuál fue?

Tal vez lo sabré, pero no lo diré.

El modelo es nuestro como el mundo,

modelo y mundo nosotros lo tenemos que hacer

¿Hay en nuestros mundos un reino feliz?

Tal vez yo lo sé, pero no lo diré.

 

Amemos el futuro

queramos ser felices

quiero forzaros a que lo seáis

o que al menos lo intentéis.

De la misma manera

aunque no lo apreciéis

es válido forzaros a que os améis.

 

¿Habrá en el futuro un reino feliz

Si viene la revolución

ella sí sabrá hacerlo.

Qué bueno. Qué bien porque yo lo sé

Enciende la luz que no hay que dormir.

 

LA CRUELDAD

Dice Bertolt Brecht en su obra “Poemas del lugar y la circunstancia” :

 

“Yo siempre he pensado que las palabras más sencillas

deben ser más que suficientes. Con decir lo que está pasando

a cualquiera se le volvería a romper el corazón”

 

Yo también creo como Brecht que la escueta información de lo que a tanta gente le sucede hoy sería suficiente para que el corazón se deshiciera, se rompiera como un puzzle, se partiera en dos. Sólo la crueldad es capaz de suscitar, permitir o contemplar con indiferencia el llanto de las ancianas sometidas a un desahucio, sin saber a dónde ir, o la de los enfermos y las personas de la tercera edad que viven en pueblos privados del médico de noche (como un recorte más), o la del millón de familias, entre ellas multitud de niños en situación de exclusión social por su pobreza (según Cáritas el número de personas que han acudido a comedores sociales ha ascendido de 3000 a 18000 siendo difícil ya atenderlos debidamente); o a los parados sin esperanza o a los jóvenes sin futuro.  Solo la crueldad se permite cerrar los ojos ante las estadísticas del numero de muertes por suicidio que ascienden en España a 3145 (por accidentes de trafico, las mismas estadísticas los limitan a 2327).

 

Sin embargo, se nos repite constantemente que todo es para salvarnos de mayores males y que para evitar más paro y más pobreza (la mayoría debidos a la reforma laboral), las únicas soluciones que se ofrecen al pueblo están en la misma línea: más recortes y, como paliativo, llevarnos a un rescate que no sabemos a donde nos conducirá. Las recomendaciones de Dolores de Cospedal para que llevemos la cruz (ofreciéndonos su imagen sonriente y mirando a cámara con la cruz a cuestas en una procesión) o las oraciones de la ministra Fátima Báñez a la Virgen del Rocío (no me consta que bailara flamenco pero si es conveniente podía proponernos que además de a la oración recurriéramos a las sevillanas).

 

Todo hace pensar que si el gobierno nos ha metido en este monstruoso fraude es porque la ciudadanía le tiene sin cuidado. En una sociedad en la que a las personas no se las considera seres humanos, no hay sitio para la piedad. Ante sus ojos, la humanidad es sólo el conjunto de piezas de un mecanismo rígidamente organizado y manejado por ellos en beneficio de intereses de no se sabe quién, aunque se les llame mercados. Sólo cuando se considera que los demás tienen un “yo” igual que el de uno mismo, es posible darse cuenta de lo que significa el dolor y la humillación.

 

Odio la crueldad pero me he dicho a mí misma que no podemos dejarnos llevar por las emociones; ni odio ni miedo. Necesitamos toda nuestra energía para ser solidarios, resistir y luchar. Si a ellos no les importa el pueblo, será el pueblo el que acabe haciéndose respetar. Ni es imposible ni sería la primera vez.

 

EN EL POZO MARÍA LUISA…..

La esperanza nos espera, pionera de nuestra felicidad.

La esperanza que es hermosa y también es peligrosa,

parece que nos esquiva, que se ríe, que se burla

y que nos hace llorar.

Maldita sea la esperanza,

si nos lleva a resignarnos

y nos impide luchar.

 

Recuerdo vivamente estos días un hecho que pasa de ser anécdota para convertirse en una fuerte emoción. Hace ya unos años me invitaron a ir a Oviedo para proyectar una película que yo había dirigido para Televisión Española basada en la novela: “Historia de una maestra” de Josefina Aldecoa y con el mismo título. Estaba pensado que acudiera también Josefina pero, por alguna razón que no recuerdo, le fue imposible acompañarme.

 

La proyección estaba dedicada a los mineros y yo era la encargada de hacer la presentación y conducir el coloquio, pero me ocurrió algo verdaderamente terrible: en vez de llevar la cinta en cuestión, por error llevé otra, también dirigida por mí, basada en una novela de Juan Marsé. Cuando lo descubrí, miré la sala  donde nos encontrábamos y me encontré ante unos cien mineros que me miraban expectantes mientras yo daba vueltas entre mis manos a una historia que no era la que se les había prometido.

 

Explique lo que me había sucedido y, como recurso,  les di a escoger entre ver la película que había llevado conmigo o sencillamente hablar, y escogieron esto último. Recuerdo que se empezaba a barajar la palabra “globalización” y tratamos entre todos de darle contenido. Al acabar, se colocó ante mí una larga fila de hombres íntegros y bien barbados que con delicadeza y corrección me fueron besando en la mejilla y en la mano.

 

Remedando a Don Quijote, pensé “que nunca fue una dama atendida de tantos caballeros”. El colofón fue un regalo que ocupa un  sitio de honor sobre mi mesa de trabajo: la figura en bronce de un minero con la pala entre la mano y la tierra, lleva escrito: ”En reconocimiento de tu lucha”.

 

A los mineros les ha tocado luchar como tantas otras veces. Habla Josefina Aldecoa en “Historia de una maestra”, “de todas las humillaciones, las ofensas (…), las injusticias, las frustraciones, los abusos que veía sufrir a los obreros de la mina que reavivaron el despertar de su conciencia”. Los mineros se merecen ganar. Estoy con ellos y espero que triunfen. Mi reconocimiento por su lucha.

 

 

 
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